A pesar de la ayuda, migrantes ya desconfían hasta de su sombra



Tijuana, BC.

A Juan la expectativa de ganar pesos mexicanos le resulta tan frustrante como la paga de lempiras que recibía en Honduras. En su enojo, porque casi todos cumplen un pacto de silencio, suelta algunas pistas sobre las vicisitudes del fenómeno migratorio que llamamos Caravana Migrante y que hoy acampa en la calle 5 de mayo- en la zona norte de la ciudad- , cruza y se entrega a la Patrulla Fronteriza o está buscando sobrevivir en Tijuana.

Es del grupo que se resiste a ir al Barretal –el albergue que desde el 3 de diciembre controla el gobierno federal-, y explica sus razones para desconfiar de las autoridades y las organizaciones no gubernamentales que los convencieron de venir a Tijuana, las mismas que hoy les dicen que su única opción es ese albergue.

Tijuana, 9 de diciembre de 2018. Una familia de migrantes hondureños cruza la valla fronteriza. Minutos después, son detenidos por agentes de la Patrulla Fronteriza.




-“Aquí hay gato encerrado, nos trajeron engañados acá ¡qué en Tijuana nos estaban esperando!, eso nos dijeron grupos de derechos humanos y Pueblos sin Fronteras, ¡Uta¡ le damos gracias a Dios que muchos mexicanos nos han servido comida, nos han apoyado con colchonetas… pero migración nos hizo como un secuestro. Nos tuvo que soltar por la presión pero ya nos tenía detenidos en Agua Prieta”.

Y dice que quienes permanecen en la 5 de mayo formaban parte de un grupo de siete camiones que iban atrás del que tuvo un incidente – en el kilómetro 233 de la carretera Caborca-Sonoyta, el pasado 16 de noviembre- con una patrulla de la Policía Estatal Investigadora de Sonora.

“Nos llevaron de Hermosillo a Agua Prieta; yo me sentí como en Honduras sinceramente, porque allá lo agarran a uno y … no nos dejaban hacer llamadas, había mujeres y niños, tuvimos mucho miedo. La presión de los de derechos humanos hizo que nos soltaran. Al final también ellos (los del INM) estaban muy nerviosos, y nos tuvieron que dejar salir para venir a Tijuana”.

“En Honduras a mí nadie me convocó, yo escuché en la radio que era mejor venir en caravana y adelanté mi viaje, de todos modos me iba a venir”.

Juan cuenta la misma historia que muchos aquí; que una vez que atravesaron la frontera con México, organizaciones no gubernamentales los animaron para dirigirse directamente a Tijuana.

Que las condiciones en las que vivieron en el deportivo Benito Juárez, la fallida huelga de hambre en El Chaparral, y el intento masivo de entrar a Estados Unidos dando portazo como en la frontera sur de México –con mujeres y niños que resultaron gaseados por elementos del CBP- es en parte responsabilidad de quienes los guiaron hasta Tijuana.

Por ello, a él eso de que “hay gato encerrado” le resulta ilustrativo, y lo adereza a la entrevista.

Juan desconfía hasta de su sombra, por más que Alejandro Solalinde le diga que es “bobo” su temor a la deportación. Tampoco quiere toparse en El Barretal con quienes los trajeron hasta aquí o a un agente del Instituto Nacional de Migración, y con reservas se acerca a la fila donde el sacerdote hace la lista de quienes desean conseguir un trabajo, en Tijuana o en alguna otra ciudad del país.

Muy cuidadoso, Solalinde quiere mediar; dice que a nadie le obligaron a venir a Tijuana, que ahora se trata de encontrar una salida a su situación. Y ofreció intentar que en El Barretal “no los revuelvan” con el resto porque este grupo ya “se deslindó” de algunas organizaciones que participan en la caravana. Él y la presidenta de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, Melba Olvera, están en el campamento callejero desde el sábado intentando convencerlos de abandonar la zona norte.


Otro rostro

Rachel Rivera de 19 años aprovechó un hueco en la tierra, en la malla metálica de la zona de Playas de Tijuana, para cruzar a Estados Unidos. Por ahí introdujo también a su hija Charlot de 3 años. Con ella en brazos, caminó hasta donde se encontraban los elementos de la Patrulla Fronteriza. Ella vino huyendo de la violencia doméstica que ejercía su marido.

El primero de diciembre la Cofepris había clausurado el albergue del deportivo Benito Juárez, llovió durante tres días y todos terminaron mojados entre el lodo. El 4 de diciembre Rachel se fue a playas a buscar cómo cruzar la frontera. El fotógrafo Hans-Maximo Musielik la captó cuando los agentes de la Patrulla Fronteriza la escoltan cruzando la segunda valla en el camino a Estados Unidos.

Decenas de miembros de la Caravana Migrante hicieron lo mismo que Rachel. En los últimos días buscaron la manera de entregarse a las autoridades de Estados Unidos con la esperanza de iniciar su proceso de asilo en aquel país. ¿Dónde están los ocho mil migrantes que llegaron a Tijuana? Si en El Barretal sólo hay 2 mil 500 y en la calle 5 de mayo alrededor de 400, según el último recuento de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos (CEDHBC).

El alcalde Juan Manuel Gastelum dijo que él no sabe porque la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) nunca le permitió llevar un control de ellos. Ahora el Instituto Nacional de Migración inició un censo de quienes están en el albergue y les entregará una credencial que les permita entrar y salir.

Durante una reunión de coordinación –este fin de semana- en la que participaron los tres niveles de gobierno, se informó que un reporte que les hizo llegar el CBP –Aduanas y Protección Fronteriza, por sus siglas en inglés- del 13 de noviembre al 6 de diciembre en la frontera que corre de San Ysidro (California) a Yuma (Arizona), fueron detenidos 2 mil 109 centroamericanos. Muchos de ellos cruzaron para “entregarse” a las autoridades.

De esos 2 mil 109; 929 son hondureños; 902, guatemaltecos y 277 salvadoreños. También hubo a lo largo de esos 288 kilómetros de frontera con México 292 ciudadanos de la India que fueron detenidos.

En ese mismo encuentro, Migración informó que 2 mil 800 miembros de la Caravana ya solicitaron visa y permiso de trabajo, que está en trámite y 129 consiguieron documentos y están trabajando con alta en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).

Más de mil ya fueron repatriados, de manera voluntaria o deportados por haber cometido alguna falta. Antes del primero de diciembre hubo muchas detenciones por faltas administrativas; desde orinar en la vía pública hasta participar en alguna riña (siempre entre ellos).

El reporte de la policía municipal en la reunión de coordinación de este sábado fue que los miembros de la Caravana Migrante no han cometido un solo delito que afecte a la población local, cuando menos no hay una sola denuncia.




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Fuente: La Jornada
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