Cuento| Lenguaje inclusive



Egresado de la Licenciatura de Lengua y Literatura Hispánica por parte de la UNAM. Hombre de letras que gusta de la escritura pero no más que de la lectura (sobre todo de textos de terror, ciencia ficción y fantasía). Ha participado en coloquios en torno a la literatura tanto en el ámbito académico como en el de la creación.



Lenguaje inclusive

“El munde seríe un mejer lugar si nuestre forme de expresernes estuviere acorde a la igualdad entre hombres y mujeres, y el primer pase y más importante es cambiar nuestre lenguaje machiste a uno donde ambes sexes sean iguales. No debemes sobreponer un genere sobre otre porque ese sole abre la breche entre nosotres come sociedad. La únique forme de progreser es si combinames lo mejer de ambes. Para ello nuestre forme de habler debe ser acorde a nuestre forme de penser. El lenguaje inclusive permite que nadie se ofende ni see discriminade. Ya ningún niño o niña quedará fuere de un discurse: niñes del munde iguales al fen. Por ese mi tarea de cóme la sociedad puede mejorer es proponiende que todes hablemes de manere incluyente, sole asé se logrará el verdadere cambie. Muchas gracies.”
Al acabar el atroz discurso dado por Juanita, el profesor Gerardo, profesor de español de segundo de secundaria, se quitó las gafas y mirando a su alumna, con extrañeza y un poco disgustado –la extrañeza por la tarea tan peculiar y el disgusto por cuestión académica propia- le dijo:
-Ah, sí, mira Juanita, la tarea era encontrar formas de cómo el lenguaje puede hacer que rompamos las barreras culturales y hagamos de este un mundo mejor. No sé, yo pensaba en el lenguaje de señas o el braille, ¿sabes? No creo honestamente que la distorsión de nuestra lengua madre ayude a ese entendimiento, principalmente porque nadie entiende nada cuando alguien escribe o habla así. Y si nadie lo entiende habrá más problemas que soluciones. 
-Pero profesor –contestó la niña un poco confundida-; el lenguaje inclusivo (o inclusive como creo que debería llamarse, para que sea más acorde con sus principios) ayudaría a erradicar los problemas de género. Todos los feminicidios y violaciones vienen desde que en el lenguaje de uso diario violentamos a las mujeres y marcamos diferencias entre uno y otro género; si nos educaran con ese lenguaje veríamos que no hay diferencias entre hombre y mujer y esos problemas se solucionarían.
Gerardo era un hombre paciente, a pesar de ser ya un hombre grande desgastado por los años de lidiar con tantos necios a lo largo de su vida académica; y por eso, sabía que no era bueno enfrascarse en una pelea con una alumna enfrente de todos los alumnos. Él sólo había pedido una tarea para que sus alumnos entendieran el poder del idioma, sin embargo, nunca espero tal aberración por parte de uno (¿una? ¿une?) de ellos. Podía decirles que los problemas de violencia de género tenían otras raíces más profundas y complicadas; la educación en casa, la idiosincrasia latina, la cuestión cultural del patriarcado; y que sí, todo eso era reprochable, pero ni de chiste se combatía cambiando una letra al final de las palabras. En vez de ello, prefirió salirse por la tangente y apurarse con la siguiente presentación:
-Mira, la verdad es que ese problema es mucho más complejo de explicar y debatirlo nos tomaría mucho tiempo. No creo que funcione, honestamente, pero por tu esfuerzo te valgo la tarea. Sin embargo, no quiero que nadie me entregue sus próximas tareas en ese extraño dialecto, ¿de acuerdo?
Todos, entre risas, corearon un “sí”, pero Juanita, sin ánimos de sentarse le replicó:
-Pero profesor, eso es violentar y censurar mi idea. Eso dicen en la clase de Ética.
-Perdón, Juanita, pero no es violentar tu idea. Simplemente, el lenguaje ya está estipulado y debemos regirnos por este para lograr funcionar como sociedad.
-Pero la lengua puede cambiar, el español de hoy no es el mismo de hace cien o doscientos años, eso usted nos lo dijo la clase pasada, ¿por qué el lenguaje inclusive no puede ser el español de cien años en el futuro? Sé que toma tiempo pero hay que empezar a hacer el cambio desde ya.
-Sí, mira, el problema es que, si nadie te entiende, nadie usará ese lenguaje y no cambiará. Además, en mi clase evaluó el español de acuerdo con las reglas gramaticales actuales, no con las posibles del mañana. Ahora siéntate por favor y deja que tus compañeros expongan. 
-Pero por qué no entenderían si es lo mismo, pero bien dicho: bien dicho porque incluye a todos y así pueden sentirse aludidos.
-Cómo van a entender si cambias las palabras agregándoles una “e” al final para indicar género neutro. Nadie está acostumbrado a eso y causa confusión. Sé que tienes nobles propósitos, pero creo que enfocas mal la forma de querer resolver los males del mundo.
-Pues tendrán que acostumbrarse –replicó la niña molesta, como si fuera una genio incomprendida-. Es la mejor manera, pierden, la mejer manere de hacer un munde mejer. 
Los niños se rieron a coro y empezaron los insultos a su compañera: “Ridícula”, “Ya siéntese señora, digo: señore”.  Gerardo sabía que ya había sido demasiado y que continuar la discusión sería meterse en un problema de a gratis. Ya la reprobaría si entregaba su examen en ese español subversivo y estaría seguro que si se quejaba sus mismos padres le darían la razón a él. 
-Ya basta niños, guarden silencio y no le falten al respeto a su compañera, que finalmente nos vino a hablar de inclusión y de respetar ideas (sea de la forma que lo haya dicho, y en mi clase eso se respeta). En cuanto a usted señorita Juanita, ya después hablaremos de su lenguaje inclusive. Muy bien, sigues tu Edgar.
La clase pasó, y a pesar de las siguientes presentaciones (mucho mejores que las de Juanita), Gerardo no se sacaba de la mente el incomprensible discurso de su alumna, porque si bien era una aberración léxica, había nobleza (e ingenuidad) en las muchas “es” de Juanita. Pensó que a pesar de estar mal enfocada sus ideas tenían contenido y eso era lo importante; así que se le ocurrió una idea. Faltando solamente cinco minutos para el toque de cambio de clases decidió no continuar con las exposiciones y dejar una tarea especial para la siguiente semana con la intensión de cultivar (y enfocar correctamente) las progresistas intenciones de Juanita. 
-Muy bien chicos, antes de que acabe la clase, quiero dejar una tarea, no para la siguiente clase, porque en esa vamos a terminar las exposiciones, sino para la próxima semana. En equipos van a proponer un proyecto publicitario de carteles (usando cartulinas) que haga pensar a sus compañeros cómo el uso del lenguaje puede ayudar a comunicarse mejor entre individuos. La tarea será en parejas y las parejas serán conforme los números de lista. El uno con el dos, el tres con el cuatro y así. 
Y sonó el timbre. Todos los alumnos salieron del salón para despabilarse un poco antes de la siguiente clase. Gerardo mientras arreglaba su portafolio se le acercó Juanita. Él sabía que eso pasaría; estaba seguro de que le preguntaría varias cosas; ya fuera para cuestionarlo sobre el porqué de esa tarea o que le propusiera si podía usar el lenguaje inclusivo o para quejarse de su opresión dictatorial como profesor o un montón de cosas más. Entonces él le respondería que muy al contrario de lo que ella creía; él la entendía (más allá de sus errores ortográficos) en cuanto a su deseo de hacer del mundo un lugar mejor. Y que estaba deseoso de ver cómo podía, ella y su compañero, usar sus ideas para cambiar su entorno; y es que -lingüista al fin y al cabo- creía en la evolución del lenguaje y -literato también- en el poder de las palabras. Sería un experimento interesante; o ella aprendía que con su lenguaje incluyente no logaría nada y aprendería una lección o él aprendería de cómo el lenguaje quizá, tan sólo quizá, podía hacer la diferencia (lo dudaba tremendamente y estaba muy seguro del fracaso de la chica, pero cual idealista y romántico letroso quería creer un poco). Y, quién sabe, tal vez ambos aprenderían algo al finalizar el proyecto. Sin embargo, lo que la chica le dijo distó demasiado de cualquier cosa que él esperaba.
-Profesor, tengo una duda que preguntarle.
-Adelante, Juanita, qué quieres preguntarme –respondió Gerardo con un poco de entusiasmo.
-Quería preguntarle si no puedo cambiar de compañero.
-¿Y eso por qué? –contestó extrañado.
-Es que mi compañero, por lo del número de lista, sería este Paco.
-Ajá y qué tiene, no te cae bien, por qué si es por eso…
-No, no es por eso –interrumpió-. Es que como es… ya sabe…inválido, por lo de su silla de ruedas, la verdad siento que va a ser una carga más que una ayuda. Si no le molesta me puede cambiar o prefiero trabajar yo sola.
Gerardo, realmente ofendido le dijo:
-¿Y por qué lo sería? Y aparte, ¿qué hay de tu lenguaje inclusivo y eso de incluir a todos?
-Ay profe, pues el lenguaje inclusivo es para incluir a todos los géneros, pero también dentro de los géneros hay gente que no está incluida, y no por su género sino por sus propios defectos. Y bueno, la verdad no sé en qué sería una carga, pero estoy muy segura de que lo sería.
Estupefacto, Gerardo no sabía qué responderle, pero antes que cualquier cosa le saliera la niña finiquitó:
-No confunda inclusivo con igualdad. Seré una niña pero hasta yo sé que “no todes somes iguales.”
Y espero su respuesta con la cara de una angelita que espera su entrada al cielo de los justos. 

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