La isla de Venus

Soy Martín Rodríguez Flores, nací en la Ciudad de México en el año de 1996, actualmente estudiante  de la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánica dentro de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, sin embargo, no me considero escritor ni experto en la lengua; soy una persona común dedicada a trabajar con la imaginación que permite la realización de textos. Mi formación académica ha permitido la publicación en la revista literaria: Monolito con el cuento "la decisión" (10-06-2018) y participación en distintos coloquios (5to coloquio sobre Literatura comparada y cultura asiática; 8vo coloquio de literatura prehispánica) y la selección en encuentros (4to Encuentro Nacional de Estudiantes de Lengua y Literatura Hispánicas con el cuento "Jovana") dedicados a la difusión de investigaciones y creaciones, tanto literarias como lingüísticas celebrados en la FES Acatlán.


La isla de Venus
A los quince años perdí a mi padre, una autoridad marina que salvaguardaba la frontera del sur de México de traficantes colombianos. Poco antes de su muerte recordamos algunas de las aventuras que hizo en su juventud sobre el mar y otras más durante su educación naval, así decidí viajar por el mundo para vivir aventuras como él y acercarme a su visión.

Al terminar la universidad encontré un buen trabajo como ingeniero naval en un buque que exportaba mercancía nacional y gracias al empleo pude conocer islas, puertos y lugares turísticos. Había visitado ya varios sitios de México y el mundo; en mis viajes llevaba todo el tiempo la foto de mis padres, una vieja cámara fotográfica con la que guardaron recuerdos de su encuentro y un álbum con fotografías de todo tipo y una parte específica sobre el sureste de México. Mi madre mencionaba todo el tiempo esa zona como el punto de inicio para su relación que después se convirtió en la tumba de su esposo. Al finalizar la conversación con ella decidí viajar hacia esa zona aprovechando la temporada de descanso, tenía ya 25 años y seguía con el sueño de conocer el mundo entero ─me sentía un Micromegas en la tierra─; el primer destino fue Cancún, quise conocer los lugares que recordaba dentro de las historias que me contaban y poder crear vivencias en ellos.

Llegué a Isla Mujeres en donde conocí a Maia, una extranjera con rol de turista. La observé frente a aguas cristalinas mientras mojaba sus pies y yo sentía el viento acompañado del naciente sol. El mar era tan claro, suave y espumoso que creaba una escena perfecta de fotografía, aproveché para encuadrar su piel titilante que contrastaba con los lunares de su cuerpo, la luz parecía caer directo a ella; riendo volteó a verme y comenzó a acercarse mientras escondía la cámara detrás de mí; de inmediato pedí disculpas apenado por la situación, ella simplemente me saludó y después de estrechar las manos me preguntó por mi ocupación —claro, pensando que yo era un fotógrafo—. Tuvimos una breve conversación acerca del tema y después de pasar unos segundos mirándonos me invitó a acompañarla por un desayuno en el hotel donde se hospedaba. Al terminar el desayuno dejamos de conversar y esperamos un poco sentados en la mesa para después retirarnos al lobby y continuar la conversación mientras le mostraba algunas fotografías. Mi inglés no era muy fluido e incluso tenía que utilizar spanglish como medio de comunicación. Pasó poco tiempo, pero de lo que puedo estar seguro es que repitió la frase: "es hermoso, su población es muy acogedora", refiriéndose a distintas ciudades en las que había estado. Fue una buena mañana y al despedirnos coincidimos que por la tarde nos veríamos en un buen lugar para tomar unos tragos y seguir contando nuestras vidas.

Dieron las 9 p.m., hora para encontrarnos en el bar disco Kokonuts, allí empezamos a bailar y reír dejando atrás la pena con la que comenzamos a hablarnos, bebimos sin darnos cuenta de las horas, después de unos tragos me hizo la propuesta de tomarla como modelo para fotografiarla durante su estancia en ese lugar y por qué no, en otros viajes por México; acepté y dejamos a un lado el tema para seguir divirtiéndonos y disfrutando del encanto de los paisajes, pues esa noche terminamos caminando por la playa y conversando de situaciones más personales. Eran ya las 3 a.m., la noche era perfecta, la marea golpeaba con fuerza la isla, no era frío el clima y por supuesto, tenía que tomar fotografías de esas escenas; las horas pasaban y el cansancio era visual, así decidimos terminar la aventura y cada uno de nosotros tomó camino a su habitación en distintos hoteles.

Al día siguiente nos volvimos a encontrar en el lobby de su hotel para comenzar la sesión, pasaron un par de días hasta llegar a un lunes por la tarde (el último día de Maia en la isla). Teníamos pocas fotografías, así que nos aventuramos a buscar una vez más las mejores locaciones para el trabajo que ella había querido el viernes por la noche, la visión artística que permitía decidir las poses se desvaneció de mi persona y decidimos dejar todo con el material obtenido. Caminando por el puerto encontramos varias ofertas, decidimos subir a bordo de un yate en el que creímos sería buena opción para distraernos y quizá, obtener un nuevo escenario para su sesión, pagamos un paquete que ofrecía barra libre, comida incluida, una visita guiada a pequeñas islas cercanas por un buen precio. Lo decidimos en cuestión de minutos sin haber escuchado las predicciones meteorológicas del día y el resto de la semana, cosa que creíamos sin importancia.

En el recorrido estábamos tan centrados en la diversión que no vimos venir la tormenta en aguas del mar Caribe, la cual hizo volcar el yate. La marea nos separó de inmediato. Perdí de vista a Maia para después quedar inconsciente. No conozco el tiempo que estuve naufragando, pero había algo que tenía bien seguro: mi rostro se sentía cómodo en la arena en donde me encontraba recostado al despertar. 

Había escuchado de lugares con arena en distintos tonos, con grosor diferente y temperaturas acordes con el clima; pero esta arena era suave, tan suave que al tocarla mis manos se hundían con delicadeza, era fina, con un color que no podría describir, pero lo más parecido era el tono de la canela, en algunas partes contenía un tono más oscuro,  era cálida sin importar la hora; era tan especial que podía estar recostado un día entero. Al alzar la vista hacia el interior de la tierra desconocida pude observar un monte lejano lleno de flores que ni mi madre conocería —¿Rosas, Amapolas, Gerberas; podrían ser tulipanes?; ninguna de ellas— me respondí. Me adentré motivado por la curiosidad, necesitaba conocer más de ese lugar y llegar al punto insólito en dónde podría apreciar los olores desconocidos, las texturas misteriosas de aquellas flores. Caminaba entre una tierra con ondulaciones, pero no deformidades, pequeñas elevaciones y algunas partes áridas con grietas tan curiosas que no quitaban belleza al paisaje, al contrario, sumaba contrastes. Tardé poco tiempo para cruzar cada una de las elevaciones, disfrutaba caminar, al hacer contacto con la arena y el césped se producía un efecto desconocido en mi persona, su follaje era tan verdoso que ningún jardín real se asemejaba. Conforme avanzaba, iba atardeciendo y el sol bajaba con tal ligereza que en el cielo más blanco que el de Malta se observaban las estrellas, cada una de ellas brillaba y destellaba. 

Como por arte de magia caían directo a la Isla, permanecían con su luz en la arena; tuve la sensación y dicha de tocarlas con la yema de mis dedos. Me quedé hipnotizado en aquella tierra, no había lugar que haya escuchado o visto con tales características, era una sensación única y aún no conocía toda su extensión; caminaba observando todo detalladamente y justo en la base de aquel monte floral encontré un río, por momentos su agua era un poco salada y otras se sentía un dulzor en ella, era fresca y saciante, aquel líquido provenía de la cima del monte. Me desvestí para echarme en él, sentir la sensación de paz y tranquilidad que producía, después de unos cuantos minutos en armonía decidí seguir el rumbo que me motivó a conocer mi alrededor.

Todo me parecía inigualable, no me importaba estar solo, no existía temor por quedarme sin vida ahí, si moría, qué mejor manera; morir ahorcado era poesía para Edson Lechuga, pero fallecer en esta isla era quedar eterno en una verdadera pintura. Ninguna tierra se asimilaba a su grandeza. Al subir el monte, encontré una pequeña cueva. Al entrar en ella encontré joyas preciosas y de gran valor, ninguna reina en la historia del mundo conocía tales riquezas. Salí de la cueva para seguir mi camino y al llegar a la cima directamente me agaché, tomé entre mis manos las flores, su olor era tan sutil que al ponerla en mis fosas nasales cerraba los ojos para disfrutar e intensificar su aroma. Eran carnosas y afelpadas, de color rojo, tan intensas como el infierno, decidí acostarme entre ellas perdiendo la poca noción del tiempo que tenía por la posición del sol. Oscureció y di vista al cielo, las estrellas brillaban aún más, robaban mi atención y me mantenía acostado para no mover mi vista de ellas; de pronto aparecieron dos grandes lunas creando un efecto sensacional en el firmamento y apuesto que ningún hombre había dado paso en ellas, parecían estar tan cerca.

En un instante mi semblante cambió al abrir los ojos y notar los dedos de alguien acariciando mi cabello: era Maia, me encontraba recostado en su estómago desnudo igual que el resto de su cuerpo. Era esa misma Maia, morena, de sonrisa clara, suave piel; en su espalda y cuello tenía la mayoría de sus lunares, algunos más en sus piernas y en sus pies. Maia la de cabello lacio pero enmarañado por la humedad y viento. Era la de ojos negros, grandes y brillantes. Maia, la extranjera que no volvería a ver al día siguiente.

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