Criticar a la sociedad desde la literatura

Egresado de la Licenciatura de Lengua y Literatura Hispánica por parte de la UNAM. Hombre de letras que gusta de la escritura pero no más que de la lectura (sobre todo de textos de terror, ciencia ficción y fantasía). Ha participado en coloquios en torno a la literatura tanto en el ámbito académico como en el de la creación.



Criticar a la sociedad desde la literatura

La Literatura, entre sus múltiples virtudes, tiene una en particular que siempre me ha llamado la atención: la capacidad de criticar cierto aspecto de la sociedad sin tener que hacer dicha crítica de manera tan abierta o directa a como se hace por otros medios. A lo largo de la historia han existido una gran cantidad de libros que hacen esa denuncia social; y a ellos es a quienes está dedicado este ensayo; a los libros que sin decirnos directamente hacia quién o a qué iba dirigido su discurso, lo disfrazaron de tal manera que creíamos estar leyendo una historia sin percibir –la mayoría de los lectores, claro que hay quienes entienden a la primera la crítica interna- el ataque dirigido hacia cierto aspecto de nuestra sociedad.

Quiero empezar el ensayo con un libro que me gusta bastante y es un ejemplo sumamente bueno en cuanto a disfrazar la crítica a la cual va enfocada:           El nombre de la rosa. Esta novela una crítica hacia la institución de la Iglesia Católica (ojo dije haca la Iglesia no hacia la religión, es muy importante hacer dicha distinción). Para entender cómo está construida dicha crítica  es necesario que cuente, en resumidas cuentas, de qué va la novela y haga un gran spoiler respecto a la importancia de la supuesta Poética de la Comedia. En plena Edad Media, el franciscano Guillermo de Baskerville (suerte de Sherlock Holmes medieval) y su discípulo Adso de Melk (su fiel Wattson benedictino) llegan a una abadía de Italia, muy conocida por su biblioteca. Guillermo va allá con motivo de celebrar una reunión respecto a si la pobreza dentro del clero es o no herejía; sin embargo, la reunión se ve interrumpida por una serie de misteriosas muertes de monjes causadas por envenenamiento. Guillermo y Adso se disponen a llegar a la resolución de dichos crímenes durante todo el libro. al fin, ambos descubren la verdad: el ciego ex-bibliotecario Jorge de Burgos (alusión a otro ciego bibliófilo, Jorge Luís Borges) es quien impregnó de veneno un libro prohibido, un libro que se creía perdido; la segunda parte del libro de la Poética de Aristóteles, la parte concerniente a la Comedia. La razón de que el ex-bibliotecario envenenase a los lectores del libro era porque un personaje tan importante como lo era Aristóteles quien decía que la risa era algo bueno; y el reír y poder mofarse de todo, inclusive Dios mismo, permitía que la institución eclesiástica perdiera poder, a través de ser vencido el miedo por medio de la burla. Si bien la propuesta puede sonar exagerada –o quizá no- lo importante no es ni el misterio ni discutir si la risa puede vencer al miedo y poner a tambalear a una institución con tanto poder como lo era la Iglesia Católica en la Edad Media; sino como Umberto Eco, escritor de El nombre de la rosa, hace una crítica a la Iglesia Católica al mencionar la forma de control que ostentó durante siglos valiéndose del miedo y de mantener en ignorancia –ocultando información o negándola bajo pena de herejía- al pueblo. Sutilmente, Eco nos cuenta una historia de detectives medievales, pero a su vez critica a la Iglesia Católica por medio de una novela.
          
Ahora bien, es pertinente preguntarnos, ¿no era más fácil hacer un ensayo que explicara de forma explícita –y por lo tanto más clara- este tipo de abusos de la institución eclesiástica? O acaso Umberto Eco sólo quería escribir una novela y lo de la crítica a la Iglesia Católica fue un daño colateral, una vil excusa para hablar sobre un detective del siglo XIV. La verdad sea dicha, jamás podremos saberlo a ciencia cierta, y tal vez eso realmente no importa; lo realmente importante es la lección que sacamos de todo esto: la mejor forma de criticar a alguien o a algo es a través del doble la sutileza literaria, de aquella doble lexía, de esa lectura hecha a partir de leer una historia convencional. Porque sí, podemos quedarnos con la historia del monje detective, pero si somos atentos captamos ese mensaje: la Literatura se vale de ese poder, de su capacidad de contarnos una historia para darnos un mensaje más trascendental.
          
Aunque mencioné que esto ha sido el gran leit-motiv de la Literatura, y que no estoy descubriendo el hilo negro ni mucho menos, si me gustaría hacer énfasis en esta cuestión: la mejor forma de decirle la verdad a alguien que no diciéndoselo directamente a la cara. Pero antes de entrar de lleno a esto hay que preguntarnos, ¿por qué es mejor? Porque ha sido la mejor forma de decir la verdad, tan es así que hay libros –como el Lazarillo de Tormes- que fueron prohibidos por los grupos de poder (llámese clero o monarquía o dictadura) que sin atacar abiertamente, sí critica fuertemente a éstos por medio de una trama ingeniosa que disfraza dicha crítica. Me remito nuevamente a esta pregunta, ¿por qué funcionará mejor para la gente promedio el leer una historia y entender la crítica a simplemente leer una reflexión o ensayo donde abiertamente se haga presente la intención de atacar a equis persona o institución? Me atrevo a responder que es debido al entretenimiento. Porque una persona que lea un discurso donde se acuse a un corrupto de ser corrupto posiblemente sólo piense: “eso ya lo sabemos todos, no digas lo obvio”, sin embargo, si esa misma persona lee un cuento donde se exponga a ese mismo político, pero disfrazado bajo otro nombre, y se haga burla o se denuncie su corrupción, si la trama atrapa, el mensaje se dará por sí mismo (esto obvio cuando la historia es muy explícita, hay veces que debemos analizar la trama para captar la idea, pero la denuncia seguirá allí). Hagamos memoria de algunos libros famosos que contienen esta denuncia, esta crítica disfrazada a partir de narrar una gran historia.
          
Empecemos con un clásico latinoamericano de la época del Boom: La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa. La trama nos narra el asesinato de un estudiante del colegio Leoncio Prado, en el Perú de los años sesenta, así como la vida del grupo de amigos de dicho estudiante dentro de esta escuela y su vida anterior a ingresar en ésta. Y en el trasfondo es la crítica al sistema militar que gobernaba el país del escritor y a su vez a la sociedad hipócrita y machista en la cual crecían y se formaban. Una denuncia a los males de su tiempo, ¿el resultado? Terminaron quemando cientos de copias de su libro justamente en el colegio Leoncio Prado, donde él fue alumno. Ni qué decir: a toda acción corresponde una reacción.
          
Otro ejemplo de crítica al gobierno, pero ahora no contra el sistema militar sino político lo encontramos en La sombra del caudillo de Martín Luís Guzmán; una fuerte crítica a la Revolución mexicana donde no sólo hacía burla a los supuestos valores que cubrían a este mítico movimiento nacional, también desmontaba la idea de que la justicia social había llegado a todos los peldaños de la sociedad mexicana. Utiliza de pretexto un levantamiento armado (que en la vida real fue la Rebelión de la Huertista) y disfrazado de ficción, denuncia la arbitrariedad y autoritarismo del régimen que dominaba en su momento. Esta obra tiene una vigencia contundentemente actual.
          
Y si queremos irnos a literatura más “realista”, donde haya una denuncia más directa, pero sin que deje su toque literario nada mejor que Antes que anochezca de Reinaldo Arenas, quien en su autobiografía aparte de contarnos su vida también hace una de las críticas más mordaces que existen sobre el régimen castrista que hasta la fecha –a pesar de ya no estar en el poder los Castro- tiene sometida a la isla. Haciendo un despliegue magistral de su prosa Arenas cuenta tanto su vida como la historia de su familia, amigos, intelectuales perseguidos por el gobierno, aventuras homosexuales, política y literatura. No es que utilice de pretexto su vida para atacar al socialismo –desperdicio de papel para contar una autobiografía-; más bien logra entrelazar su vida –que fue una lucha intelectual contra la dictadura- con la de su amada isla y de por medio, o mejor dicho, por ello es que se da esa crítica a la represión encabezada por el gobierno.
          
Pasemos a otro tipo de ejemplo, uno de carácter más ficcional, por decirlo de alguna manera, hablemos de aquellos libros que utilizan la ficción de manera desmedida, o sea, la ciencia ficción para hacer esa crítica. En apariencia esto parecería un poco más difícil, pues si el autor habla de mundos ficcionales; mundos distópicos que no se asemeja mucho con la realidad de su tiempo o habla de monstruos inconcebibles ¿qué puede estar denunciando de su sociedad? Pues eso es justo lo que veremos en estas dos obras cumbres de la ciencia ficción: Frankenstein y Un mundo feliz.
          
Los últimos serán los primeros dice la Biblia, así que hagamos honor a esa frase y empecemos con el último de los dos libros referidos: Un mundo feliz. Publicada en 1932 por el autor británico Aldous Huxley, nos describe un mundo distópico donde las mega corporaciones son dueñas del planeta, la vida se produce vía in vitro, los núcleos familiares han desaparecido y la droga (soma) es parte de la moneda de pago a las personas. Además de ser una advertencia del mundo hacia donde parecía estar yendo el de Huxley –que finalmente terminamos teniendo algo muy parecido a lo que contaba en su libro- también es una crítica a la sociedad en cuanto al poder del materialismo y consumismo; cómo nos volvemos simples consumidores de las empresas, las cuales nos venden productos innecesarios que sirven para evadirnos de nuestra precaria realidad a cambio de volvernos sus esclavos. Critica esa mal sana relación de poder emergente de su tiempo; y que hoy podeos seguir apreciando tan sólo con entrar a nuestro Facebook.
          
El último libro es uno que en sí no contiene una crítica hacia un sistema de poder –empresarial o gubernamental o institucional- sino fáctico: la ciencia, expresado de una manera más correcta, el mal uso de ésta. Es de sobra conocido por todo el mundo la desgraciada historia de Víctor Frankenstein y su creación; creación que al ser despreciada por este se convierte en un monstruo empeñado en hacer tan desgraciado a su creador como lo es él. Posiblemente la autora tenía en mente muchas más cosas que decir en su relato que criticar a una parte de la sociedad, no lo pongo en duda, pero no deja de ser pertinente la lección encontrada en ésta: la ciencia sin ética puede acarrear la catástrofe. Y eso lo vemos con cosas tan terriblemente poderosas como lo es la energía nuclear; cuando los humanos jugamos a ser Dios, cuando rebasamos los límites de lo permitido en pos, siempre utilizando ese argumento, en pos del progreso y no nos importa tanto las implicaciones éticas como las posibles consecuencias negativas: la destrucción caerá sobre nosotros. Al científico Víctor no le importaba traer a la vida, desacralizar la vida y todo lo que ello conllevaba, para lograr equipararse a Dios (dador de vida); si la ciencia juega ese papel sin escrúpulos terminará siendo destruida por lo que creé.
          
Todo lo anterior no es más que un pequeño recuento de cuantas obras hay donde la crítica está cobijada por una gran trama, la cual hace que el mensaje, puede que no quede del todo claro, pero sí que si se consigue desentrañar causará un mayor impacto que una crítica hecha de manera directa: o al menos es lo que opina este, su humilde narrador. Puede que tras haber expuesto todo lo anterior quede un poco más clara la relación que hay entre cualquier libro ya mencionado y El nombre de la rosa; el disfraz ostentado por todos estos para hacer su mordaz crítica al sistema o a una institución o, simple y llanamente, hacia todo lo que quien lo escribe considera que está mal y merece ser denunciado, pero a veces por temor –por su vida- o para atraer más la atención de los lectores o para no perder valor literario al favorecer su crítica, prefiere disfrazarla (aunque a veces no tanto como ya vimos); y está bien, ya que una de las múltiples herramientas que da esta bella arte es eso; mostrarnos una cara para darnos a conocer otra. Porque recuerden, amigos lectores, al final del día por algo es que el Borges medieval de Umberto Eco quería destruir el libro de Aristóteles y matar a todos sus lectores, porque él sabía el poder que tienen los libros, sabía que estos tienen un poder imparable: el poder de que las personas vieran aquello que está mal en su entorno. Tan ciego ese tal bibliotecario no estaba, he de decirlo.

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